A la mierda...
1:30Me están comiendo los gusanos, me devoran. Me estoy ahogando en mi propia mierda, eso sí, llevo toda una vida así y nadie me ha echado jamás una mano. Los creyentes tienen a un sacerdote que les guía, los niños tienen madres, el marido tiene la mujer, ¿y yo? Soy la nada y me relaciono con eso, la nada.
Harta de limpiar los zapatos de los ricos con sangre equívocamente en vez de con betún, llega un punto en el que la vida tiene más espinas que pétalos, es ahí cuando querría perderlo todo y, finalmente, perderme a mí.
Imagine.
14:13
- Imaginaba que alguna vez pudiésemos… ya sabes, estar juntos -espeté al fin.
- Permíteme decirte que imaginaste mal -no me miraba a los ojos y eso me desesperaba- por si nunca lo habías escuchado en clase o entre rumores tengo 42 años, ni treinta ni veinte, mucho menos dieciséis. Estoy tan prohibido para ti como tú para mí.
- Dime, ¿a caso no tiene morbo lo prohibido? -callé un par de segundos, esperando una respuesta que no llegó- ahí está el como he acabado así. No puedo decir que te quiero porque te mentiría igual que si dijese que pretendo hacerte feliz eternamente, no es ético. No quiero enrollarte con líos ni meterte en problemas, ¿entiendes? -al final me miró, me miró con sorpresa y con ternura, con ira en los ojos. La mezcla me desconcertó- Solo quiero un pequeño desliz sin que tu posible novia se entere. ¿Sabes lo que te quiero decir? -asintió con la cabeza.
- Y a tu última afirmación vas errada, no tengo novia. Pude tener, pero no la tengo.
- ¿Ums?
- ¿Te acuerdas de la mujer que te dije que debía conocer aquella noche? Jueves creo que era.
- Ah, sí, ¿qué pasó? -me hice la sorprendida como si mi memoria hubiese olvidado ya aquella conversa aunque ciertamente hacía tiempo que quería saber a que podrían haber llevado unos cuantos chistes ingeniosos y un par de copas de vino, aun así, iba en contra de nuestra relación profesor-alumna preguntarle algo así de privado, o eso había creído.
- Me propuso salir, es una mujer maravillosa, no te voy a mentir en eso, -mi cuerpo ardió en celos, ardió en cólera, en egoísmo, en envidia. Simplemente ardió- pero le dije que no porque tenía a otra persona en mente, más pequeña, más joven, menos madura, más deseable: tú.
- ¿Quieres escuchar algo? ¿Quieres?
- Soy todo oído para ti.
- Fóllame de una puta vez.
Su cuerpo se abalanzó sobre mí apoyándome contra la pared, sus manos se posaron en mis caderas rápidamente, colocándolas en el lugar exacto, como si hiciera rato que planeaban como ponerse y tan solo hubiesen estado esperando mi señal de permisión. Sentí su respiración alentada sobre mi cuello y me estremecí, empujé mi pelvis hacia él en un intento desesperado de sentirle más cerca, sentirle más mío y más suya a la vez. Su mano se perdió bajo los botones de mi blusa mientras su lengua buscaba insaciablemente la mía en una perversa persecución a lo largo de mi cavidad bucal. La ropa fue cayendo poco a poco, también el respeto, el término de lo prohibido, los títulos de profesor y alumna. Fuimos tan solo un hombre y una mujer que se deseaban, un hombre y una mujer que se entregaban al arte sucio del sexo.
- Permíteme decirte que imaginaste mal -no me miraba a los ojos y eso me desesperaba- por si nunca lo habías escuchado en clase o entre rumores tengo 42 años, ni treinta ni veinte, mucho menos dieciséis. Estoy tan prohibido para ti como tú para mí.
- Dime, ¿a caso no tiene morbo lo prohibido? -callé un par de segundos, esperando una respuesta que no llegó- ahí está el como he acabado así. No puedo decir que te quiero porque te mentiría igual que si dijese que pretendo hacerte feliz eternamente, no es ético. No quiero enrollarte con líos ni meterte en problemas, ¿entiendes? -al final me miró, me miró con sorpresa y con ternura, con ira en los ojos. La mezcla me desconcertó- Solo quiero un pequeño desliz sin que tu posible novia se entere. ¿Sabes lo que te quiero decir? -asintió con la cabeza.
- Y a tu última afirmación vas errada, no tengo novia. Pude tener, pero no la tengo.
- ¿Ums?
- ¿Te acuerdas de la mujer que te dije que debía conocer aquella noche? Jueves creo que era.
- Ah, sí, ¿qué pasó? -me hice la sorprendida como si mi memoria hubiese olvidado ya aquella conversa aunque ciertamente hacía tiempo que quería saber a que podrían haber llevado unos cuantos chistes ingeniosos y un par de copas de vino, aun así, iba en contra de nuestra relación profesor-alumna preguntarle algo así de privado, o eso había creído.
- Me propuso salir, es una mujer maravillosa, no te voy a mentir en eso, -mi cuerpo ardió en celos, ardió en cólera, en egoísmo, en envidia. Simplemente ardió- pero le dije que no porque tenía a otra persona en mente, más pequeña, más joven, menos madura, más deseable: tú.
- ¿Quieres escuchar algo? ¿Quieres?
- Soy todo oído para ti.
- Fóllame de una puta vez.
Su cuerpo se abalanzó sobre mí apoyándome contra la pared, sus manos se posaron en mis caderas rápidamente, colocándolas en el lugar exacto, como si hiciera rato que planeaban como ponerse y tan solo hubiesen estado esperando mi señal de permisión. Sentí su respiración alentada sobre mi cuello y me estremecí, empujé mi pelvis hacia él en un intento desesperado de sentirle más cerca, sentirle más mío y más suya a la vez. Su mano se perdió bajo los botones de mi blusa mientras su lengua buscaba insaciablemente la mía en una perversa persecución a lo largo de mi cavidad bucal. La ropa fue cayendo poco a poco, también el respeto, el término de lo prohibido, los títulos de profesor y alumna. Fuimos tan solo un hombre y una mujer que se deseaban, un hombre y una mujer que se entregaban al arte sucio del sexo.
